La memoria infiel de Carmen Amoraga
Leí dos libros de Carmen Amoraga, pero ya olvidé sus argumentos y, como entonces no usaba estos espacios para registrar mis lecturas, no puedo decir de qué trataban. Sin embargo, sí permanece la huella emocional que me dejaron. Recuerdo que en aquellas dos novelas las relaciones humanas ocupaban un lugar central. Sus protagonistas eran personas corrientes: un vecino, un amigo, alguien con quien cualquiera podría cruzarse en la vida. Fueron lecturas agradables y cercanas, que dejaron una sensación cálida y reconocible.
Carmen Amoraga es una narradora de existencias de personas sencillas, siendo capaz de profundizar en sus sentimientos que, por la misma sencillez de sus personajes, les resultaría a ellos difíciles de explicar. Ella lo logra de forma clara y natural, adentrándose página a página en el interior de cada personaje para ir desvelándolos y presentarlos a todo color ante el lector con toda su complejidad.
En este libro entramos en la vida de Salomé, la protagonista de “La memoria infiel”; cuesta acercarse a ella, resulta poco agradable, se presenta desprovista de colorido. Cuando la conocemos, no se encuentra en el mejor momento de su vida. Diría que arranca con tonos grises y solo será hacia el final cuando parece asomar en ella una leve tonalidad verdosa, como un atisbo de esperanza.
En “La memoria infiel”, la autora consigue que el lector se sienta atrapado por el deseo de conocer las vidas de todos los personajes, aunque en general pocos destacan por su simpatía o por tener cualidades dignas de admiración. Habría que hacer una excepción con Miguel, un hombre mayor cuya humanidad es tan grande que parece no caber en ningún sitio. Todos los personajes, desde la aparente normalidad de sus vidas, arrastran historias difíciles. Juntos resultan imprescindibles para reconstruir la vida de Salomé, su pasado y su presente. Son ellos quienes contribuyen a dar forma a la verdad del recuerdo, desvelando las lagunas que la memoria ha dejado. A causa de la percepción y las emociones vividas por Salomé. La memoria puede mentirnos, pero en esta novela esas mentiras se desenmascaran al ser confrontadas en los diálogos que Salomé mantiene con su entorno.
Salomé, anclada en el victimismo, muestra serias dificultades para ver realmente a los otros. Por ello no resulta una protagonista simpática, ni suscita el cariño del lector.
Salomé es madre soltera de un niño de seis años y sobrevive precariamente haciendo limpiezas en casas. Acaba de quedarse sin trabajo y, cuando empieza a asumir su nueva situación, recibe una llamada: su madre, de la que lleva más de veinte años alejada, ha sido encontrada muerta en la cocina de su casa, junto a su perro. Ana no fue una buena madre, pero Salomé tampoco fue la mejor de las hijas para ella. El paso del tiempo y las heridas acumuladas han levantado un muro difícil de sortear entre ambas. El regreso al pueblo natal para encargarse de los trámites tras la muerte de su madre, junto al reencuentro con viejos conocidos y con Marisol, amiga de la infancia, serán imprescindibles para que Salomé pueda afrontar el duelo, iniciar el perdón y empezar a resurgir del pozo vital en el que está sumida. Se percibe, al final, una brizna de esperanza en el porvenir de Salomé (un regalo de spoiler).
Lo más destacado de la novela es la forma en que Carmen Amoraga narra ese tránsito emocional. Salomé puso distancia física, pero la memoria siguió infligiendo dolor por el conflicto no resuelto con su madre. La culpa y las mentiras que puede contarnos una memoria no confrontada o no compartida con otros son, quizá, lo mejor plasmado en la obra, junto con la profunda humanidad en la narrativa de la autora.
Un tema literario siempre fascinante, porque todos tenemos madre y, en mayor o menor medida, alguna vez hemos vivido algún desencuentro en esa relación.
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