La península de las casas vacías de David Uclés

  La Península de las casas vacías: Un mapa para la memoria y realismo mágico

He terminado "La Península de las casas vacías" y me invade la sensación de que el universo de David Uclés no termina en la última página. Lo confirmo al ver que el realismo mágico ha saltado al mundo real: en el cementerio de Quesada han inaugurado una tumba para Odisto, convirtiéndolo en el primer personaje de ficción con sepultura física.


¿Puede un personaje de novela tener su propia tumba en un cementerio real?
🪦✨

Esta iniciativa municipal, incluirá una ruta literaria por los escenarios que inspiraron la novela, reafirma a Quesada como un "pueblo-guarida" del arte. Es un pueblo donde el legado de la familia de Uclés convive con el espíritu de Miguel Hernández, Antonio Machado y especialmente la mirada del pintor Rafael Zabaleta, cuya obra La Romería de Tíscar —documentada por la Fundación Zabaleta— no solo ilustra la portada, sino que cobra vida dentro del libro como muchos otros personajes del momento.


Reconozco que me acerqué a la obra con una mezcla de admiración y "empacho" por el fenómeno mediático del autor. Me resistía a sus 700 páginas, pero me venció su imagen difundida por múltiples medios de joven sensible, con encanto personal y una constante boina tapando unos cabellos rebeldes  y, sobre todo, el saber que ha ganado el Premio Nadal con su siguiente novela, "La ciudad de las luces muertas". No podía saltar a mi Barcelona explicada por David sin pasar antes por su Jaén mitológico.

Entrar en la historia es conocer a los Ardolento en Jándula, ese pueblo inventado que funciona como epicentro de la tragedia. Odisto, el patriarca, es el eje de una familia que intenta mantenerse a flote en un mar de contradicciones. Lo fascinante es que Odisto no es un héroe de bando; es un hombre preocupado por dar de comer a los suyos, sin embargo, se ve arrastrado por el torbellino de la Guerra Civil. A través de él y su família, Uclés nos muestra cómo el conflicto devora no solo los cuerpos, sino los hogares y la cordura.

El narrador no es un espectador invisible; es un personaje más, que despliega todos los papeles del auca, dialogando constantemente con el lector y con sus propias criaturas. Aquí el realismo mágico es una explosión de creatividad que a ratos te sacude el sillón para hacerte reír con un detalle inverosímil o despertarte bruscamente obligándote a reflexionar sobre la dureza que subyace bajo la fantasía. En ocasiones, ese lenguaje permite suavizar el horror de la guerra; en otras, lo vuelve mucho más punzante y doloroso.

Aunque suelo preferir la lectura rápida, con esta novela entendí pronto que las prisas no tienen lugar. Su estructura en cuatro actos —Simiente, Leño, Ascua y Ceniza— y sus capítulos cortos facilitan el ritmo, pero la densidad de lo que se cuenta te obliga a detenerte de tanto en tanto para sentir o bien para descansar. A ir digiriendo lentamente aquello que no puede volver a ocurrir. Se perciben los quince años de documentación  del autor y el peso de las historias reales heredadas de su abuelo. 

Al final, más allá de cualquier exceso narrativo, que lo hay, la obra me ha transmitido un trabajo serio y, lo que es más importante, ha logrado emocionarme. 

Una novela que se quedará por tiempo en mi universo lector.

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P/D  “La ciudad de las luces muertas” me estar mirando desde la librería en el estante de pendientes pero voy a dejarla descansar unos días.


Cuadro de Rafael Zabaleta

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