La palabra mágica de Isabel Allende

 


Leer a Isabel Allende es, para mí, algo especial. Es una escritora a la que admiro por cómo escribe y, especialmente, por cómo defiende lo que piensa y aquello en lo que cree. 

Isabel es una trabajadora de la escritura fiel y constante. Con una amplísima bibliografía, aunque no lo he leído todo.

 Entrar en "La palabra mágica" ha sido como pasar una larga tarde de conversación con una vieja amiga. Lo he leído despacio, a pequeños sorbos; no quería terminarlo. Me gustaba verlo en la mesita junto al sofá, esperando pacientemente. Y cuando digo despacio, es porque ha sido una exageración de despacio, han sido meses, varios meses. Me sentía bien cada vez que me acercaba y veía aquella sobrecubierta azul chillón, con el dibujo de un libro abierto del que salen volando unas flores. Aunque reconozco que estéticamente, el libro me gusta mucho más sin esa camisa azul; resulta mucho más delicado sin la sobrecubierta.

Con "La palabra mágica", Isabel Allende nos hace un regalo. Nos pasea por su amplia bibliografía, trayendo a nuestra memoria episodios que ya guardábamos dentro y haciendo que revivamos momentos mágicos de lecturas pasadas, tal como anuncia el propio título del libro.

También nos permite entrar en su intimidad, ofreciéndonos detalles de su proceso creador y regalándonos pinceladas maestras sobre el acto de escribir. Un proceso en el que hay imaginación y creatividad, pero también, y sobre todo, donde ha dedicado un inmenso trabajo de estudio. Asimismo, nos deja claro cuáles han sido los anclajes personales que la ayudaron a convertirse en la escritora que hoy admiramos: desde los pequeños y grandes relatos que le contaba su abuelo hasta las cartas que compartió durante años con su madre. La influencia de esas cartas y de esas historias familiares para ella resultan fundamentales en su trayectoria.

La palabra mágica” parece, en ocasiones, una clase de escritura, cuando en realidad no lo es. También se aproxima por momentos a una biografía, aunque tampoco pretende serlo. Creo que, en el fondo, estamos ante la Isabel Allende que ya conocemos, envolviéndonos con esa narrativa natural, honesta y cercana que la caracteriza. 

La sencillez de su escritura, en ningún caso, debe confundirse con simpleza personal, porque Isabel mantiene una posición clara y firme ante la vida, una postura solidaria y humana que ha defendido a lo largo de toda su trayectoria vital y que ha reflejado abiertamente a través de los personajes que ha creado. Su compromiso político y social ha estado siempre presente, cercano a las personas y colectivos más desfavorecidos o vulnerables, ya sea en el ámbito social, político como cultural.

Decía que no es una clase de escritura, pero Isabel Allende no deja de hablarnos precisamente de eso en “La palabra mágica” de su proceso de escritura. No he tenido nunca la sensación de estar sentada en un pupitre frente a una profesora. He encontrado todo lo explicado, atrayente y seductor tan característico en ella. Sin renunciar a sistematizar lo que desea explicar. Para ordenar y concretar sus reflexiones, dedica cada capítulo a un aspecto distinto del proceso de escritura. Las últimas páginas de cada uno de ellos reúnen diferentes reflexiones y consejos que ella denomina «Trucos para la escritura».

Gracias, Isabel, por haber escrito “La palabra mágica”, porque, sin llegar a ser una biografía, tus lectores hemos podido recordar fragmentos de tus libros que aquí nos vuelves a explicar. Conociendo aspectos que desconocíamos del proceso de tu creación. 





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