Mis tardes en el pequeño café de Tokio de Michiko Aoyama
Mi última lectura ha sido Mis tardes en el pequeño café de Tokio, de Michiko Aoyama, y no dejo de pensar en el momento exacto en que este libro llegó a mí.
Estaba preparando el equipaje para pasar una semana en un retiro de meditación. Aquella misma mañana había terminado mi lectura anterior, así que tocaba elegir qué obra me acompañaría en esos días lejos de casa. Siempre intento tomarme ese momento con calma, sin prisas; me gusta disfrutar del ritual de la elección. Esta vez, sin embargo, sentí que no era yo quien escogía el libro, sino que era él quien, de algún modo, venía a buscarme.
Lo tenía desde que llegó como regalo el día de Sant Jordi en mi pila de pendientes. Es curioso cómo algunas historias te encuentran justo cuando las necesitas. En este caso, fue su evocadora portada la que terminó de acercármelo, chica que escribe en una cafetería, taza humeante y gato, una imagen irresistible.
Se trata de una ilustración de colores suaves: un gato blanco observa a una mujer que escribe sentada a una mesa redonda de cafetería, junto a una taza de la que se eleva un vapor cálido. De ese mismo vaho nace una nube donde se leen el título y el nombre de la autora. La sencillez de esta imagen y la paz que despierta me hicieron sentir que sería la compañía perfecta para los días que me esperaban.
Y así fue: se convirtió en la mejor lectura posible para mi retiro. Es un libro breve, compuesto por pequeñas historias independientes que encuentran su punto de unión en esa cafetería. Su estructura parece circular, aunque no lo es del todo. A través de relatos variopintos, con situaciones más o menos amables, desfilan personajes muy distintos que comparten una característica común: emanan una sensación de calma que han sintonizado de maravilla con mi propio recogimiento. La unidad está conseguida con la presencia del café y los personajes que pasan de un relato a otro. El color también te aproxima al contenido de lo que se irá tejiendo a través de los doce relatos que te llevan de Tokio a Sidney.
La soledad, la esperanza, la necesidad de escucharse y de habitar el presente tejen un hilo invisible entre tazas de café, infusiones y chocolates calientes. En sus páginas encontramos almas sencillas, como esas que todos conocemos, lidiando con las dificultades cotidianas a las que nos enfrentamos repetidamente en la vida. Su ritmo narrativo es, como cabe imaginar, pausado; utiliza palabras que despiertan emociones universales y que, en ocasiones, necesitamos que alguien plasme sobre el papel para recordárnoslas.
Una vez terminado, comprendo perfectamente por qué llaman a este género «literatura terapéutica», una corriente que últimamente ha surgido con fuerza en las letras orientales. Leer sobre estos dilemas cotidianos, resueltos por personas con las que bien podríamos cruzarnos en el ascensor de casa, produce un bienestar mental muy necesario en los tiempos que corren.
Michiko Aoyama genera esa calma a través de sus historias y yo la he podido sentir. Volveré a ella seguro.


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