Zapatos de lluvia de Mayte Magdalena


 “Zapatos de lluvia” este título y la portada con una maleta en las manos parece alejado del tema bélico. Una maleta que parece viajar a Madrid, o al menos eso sugiere el paisaje que se aprecia al fondo de la imagen de la mujer en una conocida calle de Madrid.  Con la lectura veremos que la historia nos va a llevar a una madre que lucha por la supervivencia por el deber de alimentar a sus hijos ante la escasez de alimentos durante la Guerra Civil.

“Zapatos de lluvia” es la primera novela de Mayte Magdalena. Es una lectura agradable que avanza con calma. Da la sensación de que el tiempo pasa despacio, una sensación que se mantiene durante gran parte de la historia y que solo se romperá en el tramo final, donde el ritmo se acelera para incorporar el dramatismo de la situación.  Ahora bien, ese tempo pausado no significa que resulte una historia aburrida.

En definitiva el libro se divide en dos bloques claramente diferenciados. En el primero conocemos a Paola, una joven casi adolescente que se ve obligada a entrar a servir en una familia acomodada de la ciudad para ayudar económicamente a los suyos, una familia rural que apenas consigue salir adelante. Es en esta parte donde todo sucede con más lentitud. Probablemente la autora necesita construir al personaje de esta manera para que el contraste con la mujer en la que se convertirá después resulte mucho más evidente.

Y vaya si evoluciona.

La transformación de Paola es enorme. En la segunda parte, con la Guerra Civil ya iniciada, no solo cambia ella: también cambia el ritmo de la historia. Los acontecimientos dramáticos exigen una narrativa más ágil. Adrián, su marido, se ha marchado al frente y ella se queda sola con sus hijos en un Madrid castigado por los bombardeos y por el hambre. Sin trabajo, sin apenas recursos y en un contexto de escasez absoluta, Paola tiene que encontrar la forma de sobrevivir y de alimentar a su familia. En medio de esa situación surge la sororidad de dos vecinas que acabarán convirtiéndose en una nueva familia para ella. Juntas comparten esfuerzos, miedos y esperanzas para intentar salir adelante.

Precisamente uno de los aspectos más interesantes de esta novela es el papel que desempeñan las mujeres durante el conflicto. He leído historias de personajes que toman partido de forma activa en la guerra y alcanzan una posición relevante dentro de ella, no es el caso de Paola.

Su evolución responde a algo mucho más cotidiano y, precisamente por eso, más cercano: la supervivencia, la maternidad y una madurez que llega antes de tiempo.

Al comienzo, Paola representa la inocencia del mundo rural del que proviene. Su viaje a Madrid simboliza la esperanza de una vida mejor, pero el servicio doméstico será su primer choque con la realidad. Poco a poco pasa de ser una joven vulnerable en otra que desarrolla una coraza emocional que le permite soportar las duras jornadas de trabajo. En ese proceso aparecen figuras como Manuelín y Matilde, personajes que actúan como apoyos fundamentales en una etapa complicada para una joven inexperta que acaba de salir de la protección de un entorno familiar.

Más adelante, cuando se convierte en madre, su transformación se acelera. Su prioridad pasa a ser la supervivencia de sus hijos. Es entonces cuando deja de limitarse a aceptar lo que le ocurre y empieza a actuar. Descubre una fortaleza que ni siquiera sabía que tenía.

La Guerra Civil se convierte en el catalizador definitivo. El hambre, los bombardeos y el miedo constante borran cualquier rastro de la joven idealista que llegó a Madrid. Paola aprende a callar, a observar, a negociar en el mercado negro y a anteponer el instinto a las emociones. Los zapatos, que al principio representan el peso de las dificultades y de una lluvia persistente, terminan simbolizando algo mucho más importante: la capacidad de seguir en pie cuando todo a su alrededor se convierte en barro.

La evolución de Paola no es un viaje de triunfo ni una historia de superación idealizada. Es una metamorfosis marcada por el endurecimiento. Pasa de ser una víctima de las circunstancias a convertirse en la dueña de su propia resistencia. No vence al mundo que la rodea, pero aprende a adaptarse a él sin romperse.

Mayte Magdalena rinde homenaje a todas esas mujeres que no fueron al frente y que, sin embargo, sostuvieron la vida mientras otros combatían. Mujeres sobre cuyos hombros quedaron niños y niñas a los que había que alimentar, cuidar y proteger. La autora construye una historia en la que no hay vencedores. Lo que realmente destaca es la cantidad de derrotados que deja cualquier guerra.

Y, sobre todo, pone el foco en la resiliencia de tantas mujeres anónimas cuya lucha rara vez ocupa los titulares de la historia.

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